10-12-2004
¿Qué se le pide a los nuevos líderes mundiales ahora que realizar dos masters y disponer de la última tecnología no supone una ventaja diferencial? ¿Qué características tienen los directivos que conducirán nuestra empresa firme y decididamente hacia el éxito? Pues lo que buscamos es el tipo de personas más opuestas a las máquinas que existe. Los líderes que no sólo reaccionan a los cambios sino que se anticipan a ellos. Los que no sólo atrapan las oportunidades sino que las crean. Los que superan las expectativas de sus clientes, accionistas y colaboradores.
La primera característica de estos nuevos líderes es la integridad. Porque el objetivo último de las empresas es el beneficio. Y la ética es rentable. Estudios con las mejores empresas del mundo demuestran que la integridad predice el éxito en mayor medida que factores como la calidad del producto, la innovación o la salud financiera.
La ética es una buena estrategia comercial. En un mundo en el que empieza a ser más difícil retener a los clientes y empleados que atraerlos, en el que el concepto de fidelidad se diluye, en el que la globalización resta poder a la Iglesia y al Estado para colocar a las empresas en la cima de la realidad sociopolítica y económica, la clave del magnetismo empresarial está en la credibilidad. Ante los clientes, empleados, proveedores, accionistas y colaboradores. La única manera de conseguir el compromiso de todos los “stakeholders” es generando la confianza a través de la ética. Un paso en falso en este sentido puede tirar por tierra el trabajo de muchos años. Porque, afortunadamente, el incremento exponencial del acceso a la formación y a la información ha desembocado en que las personas tengan mucho más criterio. Y esto, unido al cada vez más libre mercado, hace que sepan y puedan evaluar y elegir.
El gran reto de las empresas y de sus dirigentes es hacer lo moralmente correcto de forma que sea rentable para la empresa, reelaborar los antiguos manuales de alquimia para incluir nuevas fórmulas que establezcan una relación de potenciación entre valores éticos y beneficio.
Para garantizar la consolidación de la ética en las organizaciones, ya no sirven los viejos listados de cosas que no se pueden hacer, ni las leyes de siempre que no responden a todos los dilemas actuales a los que se enfrentan diariamente directivos y empresarios. Se hace necesario diseñar y ejecutar un programa de consolidación de la ética que aborde lo moral más allá de lo legal, los códigos más allá de las normas. Desde una óptica pragmática, construyendo un conjunto integral de herramientas y criterios de actuación para la toma de decisiones.
Y para que esta gestión de la ética sea coherente, consistente y sólida, es necesario ponerla en manos de profesionales que sean, de la misma manera, íntegros, coherentes, consistentes y sólidos. Así como queramos que sea nuestra empresa, deben ser sus directivos. Hemos de facilitar y exigir que en nuestras empresas se seleccionen, promocionen y desarrollen aquellos profesionales que destaquen por su sentido de la ética.
En segundo lugar, los nuevos líderes deben ser emocionalmente inteligentes.
La inteligencia emocional correlaciona con el éxito académico y profesional más que el coeficiente intelectual y consiste, en última instancia, en la capacidad de ser feliz. Y no me refiero precisamente a esa anodina y simplona aparente felicidad de los conformistas que, aunque se sienten satisfechos con su vida, carecen de entusiasmo, sino la de los valientes y automotivados, con capacidad para implicarse, comprometerse y tomar decisiones. Los que a veces tocan fondo porque es imposible no hacerlo si uno ve los telediarios pero son como tentempiés que inmediatamente vuelven a la verticalidad con nuevas y creativas ideas para gestionar su vida o su empresa de forma más eficiente, más rentable, más interesante, más perfecta. Los que negocian con un modelo ganador/ganador, conocen y respetan las diferencias entre las personas, manejan eficientemente sus emociones y las de los demás, saben escuchar y hacer preguntas... en definitiva, los que fidelizan a su equipo y a sus clientes.
Y, por último, los nuevos líderes deben mantener intacto su integrante salvaje. La racionalidad está desplazando la parte intuitiva, espiritual, mágica. La total civilización del ser humano destruye su conexión con el universo y le resta fuerza vital.
Estoy convencida de que las altas tasas de estrés laboral que padecemos actualmente en las empresas no es realmente tal, sino un síntoma más del estrés del alma, de una ansiedad interna y generalizada que sufren la mayoría de las personas y que se manifiesta no sólo en su puesto de trabajo, sino también en su vida personal.
Se trata de encontrar el equilibrio entre el lado izquierdo y el lado derecho del cerebro. De que los ordenadores y las matemáticas nos enriquezcan sin anular nuestra capacidad para percibir la tierra y los ciclos. De sentirnos vivos y en armonía con el universo... de buscar la sabiduría más allá del conocimiento.
Lo que tradicionalmente hemos llamado “intuición” o “sentido común”no es una función que se realice en el corazón ni en el estómago, sino en el cerebro. Contra la creencia popular, es un tipo de inteligencia al igual que la numérica, la espacial o la verbal. Se denomina “inteligencia conceptual” y es la que más utilizamos cuando aprendemos de la experiencia. Consiste en tener la capacidad de observar la realidad para extraer de ella datos que nos permitan establecer nuevos patrones (conceptos) de manera consciente o inconsciente. Por ejemplo, si al incorporarse dos Dtres. Comerciales a sus respectivas nuevas empresas y haber mantenido cada uno de ellos diez entrevistas con clientes, uno de los dos ha sabido captar más fielmente sus necesidades, motivos, deseos y expectativas y es capaz de realizar, por tanto, la undécima entrevista con mayor éxito que el otro, podemos decir que posee una inteligencia conceptual más elevada.
Pues bien, esta intuición o inteligencia conceptual, imprescindible en todo puesto de responsabilidad, se desarrolla en mayor medida en personas que pasan mucho tiempo en contacto con la naturaleza, que disfrutan del arte, que practican meditación, como demuestran los últimos estudios sobre los intraemprendedores de éxito.
Éticas, emocionalmente inteligentes y salvajes son, pues, las personas que pueden aportar en nuestras empresas aquello a lo que la tecnología nunca podrá aspirar.
Cristina Torrado |