31-08-2004
El cambio de tendencia experimentado en la última década en algunas variables determinantes de la situación sociolaboral de las mujeres en España justifica plenamente el protagonismo adquirido por la búsqueda de soluciones en este contexto.En primer lugar, el incremento de la participación laboral femenina se ha acompañado de un cambio sustancial en la organización de los hogares o las familias: incluso salvando las distancias que aún nos separan de otros países europeos, en la última década España se ha incorporado, tardía pero decididamente, al modelo de participación dual, en el que los dos miembros de la pareja trabajan fuera del hogar o están en disposición de hacerlo. Ello ha variado sustancialmente los perfiles de la inactividad en España, fundamentalmente respecto a la composición por edades del colectivo. Frente a esta radical transformación, la información ya expuesta sobre usos del tiempo confirma la continuidad del desigual reparto de las responsabilidades domésticas y familiares entre hombres y mujeres. Ello apunta al aumento del fenómeno de la “doble carga” (de trabajo remunerado y no remunerado) de las mueres. Y este conflicto no parece plantearse tanto respecto a decisiones individuales en relación con la actividad, sino que se despliega más bien en aspectos cualitativos de la gestión cotidiana de las estrategias familiares y la organización del trabajo.
En paralelo a lo anterior, durante estos años la política comunitaria ha contribuido en gran medida a que la conciliación de la vida laboral y familiar figure entre los objetivos de las distintas acciones sectoriales. En este ámbito, los enfoques y justificaciones han sido variados, desde el propósito de potenciar la conciliación de la vida laboral y familiar como medida para garantizar la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres (IV PIOM), para mantener e incentivar la participación laboral de las mujeres (vinculada a objetivos como la sostenibilidad de los sistemas de Seguridad Social), o incluso como un indicador de inclusión social. En cualquier caso, el apoyo de los fondos comunitarios (en especial, el Programa Equal) ha jugado un papel relevante a la hora de divulgar los perfiles y las raíces del fenómeno dela “doble carga” y fomentar la búsqueda de instrumentos para facilitar la conciliación de la vida laboral y familiar.
Mientras tanto, en España, la respuesta de los poderes públicos a esta creciente demanda de apoyo a la conciliación de la vida laboral y familiar se caracteriza por una cierta dispersión de iniciativas entre las Administraciones implicadas, así como porque las reformas legales se han dirigido fundamentalmente al ámbito de la legislación laboral y, dentro de éste, se han centrado prácticamente sólo en permisos y excedencias, sin que hasta la fecha se haya dado solución a las importantes carencias existentes en infraestructuras y en servicios de apoyo a los cuidados a las personas dependientes.
La doble jornada de las mujeres: efectos en su situación sociolaboral
En la última década, la doble participación de la población española en la vida laboral y familiar ha experimentado cambios importantes. El modelo de participación “dual”, en el que ambos miembros de la pareja están integrados en el mercado de trabajo, es ya el más habitual en la Unión Europea, representando en el año 2000 alrededor del 62% de hogares, según datos de Eurostat. En este mismo año, la situación de los hogares en España se encontraba todavía bastante alejada de la media comunitaria, pues sólo en el 43% de las parejas trabajaban ambos miembros, lo que, no obstante, representa un incremento muy elevado con respecto al año 1992, en el que la proporción se reducía al 31%. Este incremento es coherente con la elevación del nivel educativo de las mujeres españolas, teniendo en cuenta que la participación laboral de ambos miembros de la pareja guarda estrecha relación con el nivel formativo de la mujer. En España, la presencia de hogares donde los dos miembros de la pareja trabajan es aproximadamente 40 puntos porcentuales más elevada cuando el nivel educativo de la mujer es alto que cuando ésta tiene un nivel educativo bajo, y tanto si se trata de familias con hijos como sin ellos.
Con todo, la proliferación de parejas en que ambos miembros participan en el mercado laboral no parece haberse acompañado de una pérdida sustancial de asunción de responsabilidades por las mujeres en la esfera del trabajo doméstico. En esta última, y a pesar de os avances y del cambio actitudinal registrados, no se ha podido apreciar una incorporación masculina tan decidida como lo ha sido la de las mujeres al mercado laboral. En tanto no se produzcan mayores avances en la división tradicional de roles, la acumulación del ejercicio de responsabilidades familiares y laborales seguirá recayendo en mayor medida en las mujeres. Esta acumulación se agudiza en momentos decisivos para el desarrollo futuro de ambas facetas, por la coincidencia de los periodos clave para la formación de familia y crianza de hijos con las etapas decisivas para la carrera profesional.
La consecuencia extrema de esta “doble carga” puede ser que una esfera (la privada o la profesional) ceda terreno por completo a la otra. Algunas mujeres pueden renunciar a su participación laboral para dedicarse a la familia y el hogar, enrolándose en el modelo tradicional. Otras decidirán priorizar la mejora y consolidación de su situación profesional, retrasando o renunciando a otras facetas de su desarrollo personal. Pero, sin llegar a esos extremos, en las parejas en que ambos miembros trabajan se sigue asignando a la mujer una mayor responsabilidad en el mantenimiento del hogar y cuidado de los hijos, al tiempo que se le exige que se adapte a un modelo de organización social y laboral que, en buena medida, gira en torno al patrón clásico de participación laboral casi exclusivamente masculina. El conflicto puede ser aún más agudo en el caso de las familias monoparentales, encabezadas en su mayoría por mujeres. El problema de la conciliación de la vida laboral y familiar surge al intentar ensamblar dos esferas tradicionalmente separadas en el modelo clásico, como son familia y trabajo, sin que se haya completado la transición hacia un modelo nuevo sustentado en un reparto más equilibrado de los papeles de hombres y mujeres.
En el año 2002 todavía eran muchas más las mujeres que los hombres que, según la EPA, declaraban compaginar empleo con “labores del hogar”, si bien se ha podido apreciar un cierto avance en la realización por los hombres de estas tareas, coincidente con la incorporación al mercado de trabajo durante esta década de una generación de personas activas con un nivel formativo medio más elevado, educadas en unas circunstancias sociopolíticas muy distintas a las de generaciones anteriores. Es probable que la incorporación normalizada al mundo del trabajo delas cohortes más jóvenes de personas activas se haya acompañado, por tanto, de un cierto reajuste de los papeles tradicionalmente desempeñados por ambos sexos en las parejas en que ambos miembros trabajan o al menos a una redistribución de las “labores del hogar” algo distinta a la tradicional.
En efecto, a lo largo de los años noventa la proporción de mujeres con doble jornada (entendiendo por tales las que realizan “labores del hogar” como situación compartida con la ocupación, siguiendo la terminología de la EPA) mantuvo una tendencia levemente ascendente para, a partir de 1999 y posiblemente debido al cambio de metodología operado en la estadística en dicho año, descender más de 5 puntos para mantenerse en torno al 60% hasta el año 2002. Por su parte, la evolución de este mismo indicador en los hombres muestra que en la década anterior, especialmente des la segunda mitad, se ha producido un constante y notorio aumento de los que declaran compaginar ocupación y labores del hogar. Si en 1994 el porcentaje de hombres ocupados que declaraban compartir la ocupación con las labores del hogar no llegaba al 3%, seis años después se había elevado a casi el 13%.
También el plano de las actitudes permite apreciar un cierto avance. En el año 2002, el modelo de familia en la que tanto el hombre como la mujer trabajan fuera de casa y reparten las tareas del hogar y el cuidado de hijos había conseguido consolidarse como la forma ideal de familia para la gran mayoría de la población española (71,4 por 100), mientras que habían perdido gran peso, sin dejar de estar vigentes para más de una cuarta parte de la población, otros esquemas como que la mujer trabaje a tiempo parcial fuera de su casa y se ocupe de la mayor parte de las tareas del hogar (13,6 por 100) o, el más clásico, que sólo el hombre trabaje fuera de casa y sea la mujer la que se ocupe del hogar y los hijos (12,5 por 100).
Participación laboral y crianza de hijos: situación comparada.
Conviene precisar cómo ha evolucionado el propio concepto de “labores del hogar”o “responsabilidades familiares”, en definitiva, cuál es el objeto principal de la conciliación. Mientras las tareas de mantenimiento del hogar propiamente dichas (limpieza, cocina, etc.) han perdido peso por diversas causas (adelantos técnicos, provisión por el mercado de bienes y servicios que antes se realizaban en el hogar, adaptación de las tareas y del esfuerzo invertido al tiempo real disponible, etc.), la crianza y educación de los hijos, especialmente de corta edad, se perfila como el principal detonante del conflicto entre trabajo y familia. A ello se añadiría, en el caso de las sociedades mediterráneas como la nuestra, la atención a las personas con discapacidad y a los ascendientes en situación de enfermedad o dependencia, una tarea que las mujeres españolas no han abandonado por el hecho de su incorporación al trabajo. Un discurso más centrado en el plano de las aspiraciones y no tanto en las demandas inmediatas en el contexto familiar apuntaría a un objetivo de la práctica de conciliación y a la necesidad de espacios propios personales en sentido amplio (relacionales, de ocio y cultura, etc.), al margen del binomio familia-trabajo.
En cualquier caso, la mayoría de los análisis en materia de conciliación de la vida laboral y familiar vienen haciendo hincapié en la interacción entre la presencia de hijos y la situación laboral de las personas, concluyendo que el hecho de la maternidad afecta en mayor medida a las mujeres que a los hombres en su relación con la actividad y el empleo. Así, en todos los países europeos se observan diferencias más o menos acusadas entre los patrones de participación laboral de las mujeres en función de si éstas son madres o no, situación que no parece influir en el caso de los hombres. En general, la proporción de inactivas es más elevada entre las mujeres con hijos, y es mayor cuantos más hijos se tienen. Aunque se aprecian diferencias en función de la edad de los hijos, en la UE15 la proporción de desempleadas es ligeramente superior entre las mujeres con hijos que entre las que no los tienen, lo que no se cumple en el caso de España.
Comparando a las mujeres españolas que tienen hijos con las que no tienen, se observa que si la llegada del primer hijo afecta relativamente poco a la tasa de empleo de las mujeres, que baja en torno a 2 puntos porcentuales, el cambio definitivo parece producirse con la llegada del segundo hijo, con cuya existencia desciende notablemente la proporción de ocupadas y aumenta de manera importante el porcentaje de inactivas en esta situación. Así, la proporción de ocupadas entre las mujeres con un hijo menor de dos años en el año 2000 era algo inferior que la media de las mujeres sin hijos (51,9% frente a 54,2%), mientras que la proporción de inactivas superaba en 6 puntos la media de las que no tenían hijos (37,5 y 31,5% respectivamente).
Entre las mujeres españolas con dos hijos, la proporción de ocupadas siendo el más joven menor de dos años era del 42,5%, lo que se distancia ya mucho, alrededor de 12 puntos, de la media de las españolas sin hijos y 9,4 puntos respecto a las que sólo tienen un hijo de menos de dos años. Comparando con la media de las europeas con los mismos hijos, la proporción de españolas ocupadas con dos hijos de esta edad es 6,4 puntos inferior.
Por su parte, el porcentaje de inactivad en esta situación pasa del 31,5 % en las mujeres españolas sin hijos al 46,9% entre las mujeres con dos hijos de corta edad. En esta situación se produce ya casi una convergencia con la proporción de inactivas entre la media de las madres europeas con dos niños, que se sitúa en el 44,9%. La existencia de hogares con 3 y más hijos, especialmente si el menor es de corta edad, parece estar claramente asociada a la inactividad de las madres, situación que llega a superar a la de ocupación cuando el hijo menor tiene menos de dos años.
El hecho de que entre las españolas con hijos el desempleo esté algo menos presente que entre las mujeres sin hijos guarda relación con la composición por edades del colectivo de desempleadas y la importancia del paro juvenil en nuestro país. Pero, como se ha visto, ello no se traduce en una mejor situación en la ocupación de las mujeres con hijos, puesto que la proporción de ocupadas con hijos es inferior en todos los casos a la media europea, sino en mayores tasas de inactividad.
Por otro lado, no hay que olvidar la relación existente entre el nivel formativo de las madres y sus pautas de participación en el mercado laboral, de modo que la probabilidad de desempleo y de inactividad es mayor cuanto menor es el nivel formativo de la madre y viceversa.
En todo caso, el dilema que se plantea en torno a la conciliación de la vida laboral y familiar no se centra tanto en la decisión de las mujeres de mantenerse o no en la ocupación cuando son madres como en la gestión cotidiana de ambas facetas. Es obvio que el acceso al empleo de las mujeres facilita a las parejas la opción de ampliar la familia, en la medida en que contar con dos sueldos aporta mayores ingresos, calidad de vida y seguridad en los hogares. Ello sería coherente con las estrategias de retraso de la maternidad que podrían responder, entre otras razones, a un deseo de intentar alcanzar la estabilidad económica o laboral antes de tener hijos. Una vez que los hogares se han instalado en ese modelo de participación dual no es fácil que lo abandonen voluntariamente. El objetivo principal es conseguir adaptar al gestión del hogar y el cuidado de personas dependientes a esa situación. Ahora bien, si se producen abandonos involuntario que conducen al paro, en el caso de las mujeres con hijos hay un riesgo mayor que en el caso de los hombres de que la situación de desempleo actúe como una antesala de la inactividad, si las características de los empleos existentes en el mercado no resultan fácilmente conciliables con la crianza de hijos pequeños y si o existe una oferta suficiente y adecuada de servicios de apoyo.
Fuente: Consejo Económico y Social. Enero 2004. |